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Salud reproductiva

Las normas de género influyen en la distribución

El acceso a los servicios de PF puede verse influido por las funciones de los hombres y las mujeres en la sociedad.

Network en español: Primavera 1999,
Vol. 19, No. 3

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Las normas relativas al género pueden ayudar o perjudicar la distribución comunitaria de anticonceptivos. Los servicios comunitarios que llevan asesoramiento e información acerca de la anticoncepción a los hogares de las personas pueden ayudar a las mujeres a controlar su fertilidad, y con ello aumentar su independencia y autoestima. Los programas de distribución comunitaria pueden compensar la falta de establecimientos de atención de salud para los hombres. Además, los programas comunitarios pueden mejorar la condición de las trabajadoras, que posiblemente tengan oportunidades limitadas de empleo.

Sin embargo, los programas de distribución comunitaria que excluyen a los hombres pueden perpetuar la noción de que la planificación familiar sólo incumbe a las mujeres. Los programas que se centran en las mujeres solamente pasan por alto las necesidades de salud reproductiva de los hombres. Y, al llevar los servicios a los hogares, los programas de distribución comunitaria pueden promover el aislamiento de las mujeres y desanimarlas a salir de la comunidad.1

La doctora Jane Chege, colaboradora de programas del Proyecto Fronteras del Population Council en Nairobi, Kenia, afirma: «El género influye en las decisiones relativas al tamaño de la familia, las relaciones de tipo sexual y la prevención de las infecciones de transmisión sexual. Considerar las cuestiones relacionadas con el género ya desde la fase del diseño de programas ayudará a los directores a determinar cómo aprovechar las cuestiones de género positivas y superar las limitaciones impuestas por las normas de género. Teniendo en cuenta el hecho de que los agentes de distribución comunitaria prestan servicios a nivel de hogares, ellos están en una situación ideal para abordar algunas cuestiones de género».

Puesto que existen funciones diferentes para los hombres y las mujeres en la sociedad, así como reglas relativas al comportamiento adecuado, los programas de distribución comunitaria pueden influir en las mujeres y los hombres de distinta manera. Un estudio realizado por FHI en la zona rural de Malí ilustra esa diferencia.

El estudio, efectuado en colaboración con Save the Children de Malí, comparó los efectos de los programas comunitarios en tres grupos de personas: los que recibían educación de planificación familiar solamente, los que recibían educación y métodos anticonceptivos (condones y espermicidas), y los que no recibían nada. En cada grupo participaron unas 500 personas. En el grupo que recibió métodos y educación, 10% de las mujeres conocían uno o más métodos anticonceptivos modernos antes del estudio. Después del estudio, el porcentaje aumentó a 99%. Entre los hombres, 43% conocía métodos modernos antes del estudio, mientras que 91% conocía métodos después. La diferencia entre los niveles de conocimientos de los hombres y las mujeres antes del estudio puede atribuirse a las normas de género.

Los científicos de FHI escribieron: «Una razón que puede explicar el mayor nivel de conocimientos acerca de métodos anticonceptivos entre los hombres antes del estudio es que los hombres tenían mayor acceso a la información. Tanto los hombres como las mujeres tienen acceso a la radio, pero los hombres generalmente pasan más tiempo escuchándola y, por consiguiente, tienen más probabilidades de oír mensajes relativos a la planificación familiar». Además, los investigadores señalaron, los hombres tienen más probabilidades que las mujeres de viajar a las ciudades, donde la información acerca de la planificación familiar es más fácil de obtener. También es probable que los hombres se enteren de los métodos por conducto de sus amigos o familiares.

Y a pesar de que posiblemente los hombres reciban información acerca de los anticonceptivos, generalmente no comparten esa información con su esposa. En Malí, se considera inapropiado que las mujeres hablen de asuntos de sexualidad con los hombres o que los hombres hablen de ello con las mujeres. Sin embargo, el estudio realizado por FHI reveló que esas normas de género pueden modificarse y que la comunicación conyugal puede mejorarse. De los tres grupos estudiados, los que recibieron educación y métodos notificaron el mayor aumento en la comunicación conyugal: de 17% a 67% en las mujeres y de 14% a 77% en los hombres.2

Las normas de género pueden crear barreras para el uso de anticonceptivos, especialmente cuando los clientes son adolescentes. En muchas culturas, la actividad sexual en las jóvenes solteras es inaceptable, mientras que en los hombres jóvenes es aceptado como un signo de hombría. Esta discrepancia era evidente en Kenia, donde los trabajadores de distribución comunitaria estaban más dispuestos a atender a los varones adolescentes que a las adolescentes.

Aunque la mayoría de los trabajadores (81%) afirmaron que prestarían servicios a los varones adolescentes solteros sin hijos, sólo 26% dijo que proporcionaría anticonceptivos a una adolescente soltera que todavía no hubiera tenido un hijo.3 El doctor Ian Askew, director de investigación operativa en la oficina del Population Council en Nairobi, dice: «Esto probablemente sea resultado de un prejuicio general de la sociedad contra las mujeres solteras que tienen relaciones sexuales y del hecho de que a menudo hay mitos de que los anticonceptivos inhiben la fertilidad, por lo que las mujeres deben demostrar su fertilidad primero».

Trabajadores o trabajadoras?

Una cuestión central es si el sexo de los trabajadores comunitarios influye en el deseo de los clientes de usar un método y en el acceso a los servicios.

Un estudio realizado en 1993 en la República Democrática del Congo, dirigido por la Universidad de Tulane de los Estados Unidos, examinó las características de los trabajadores comunitarios que tenían éxito. La edad constituyó un factor importante; los trabajadores de más edad proporcionaban más protección anticonceptiva que los trabajadores más jóvenes. Sin embargo, el sexo no fue un factor importante. Cuatro de cada cinco lugares estudiados empleaban a trabajadores y trabajadoras de distribución comunitaria, y los investigadores no observaron diferencias significativas en su desempeño.4 Los investigadores concluyeron que los trabajadores de distribución comunitaria deben seleccionarse principalmente basándose en su deseo de trabajar.

Los investigadores del Population Council observaron que los programas comunitarios en Perú constituían una fuente importante de información y de métodos para las parejas. Sin embargo, se distribuían más anticonceptivos orales que condones, y esto se debía en parte a que la mayoría de los trabajadores eran mujeres.

Para obtener más información acerca de la eficacia de los hombres como trabajadores de distribución comunitaria, el Population Council llevó a cabo un estudio con dos organismos de planificación familiar: Promoción de Labores Educativas y Asistenciales en Favor de la Salud (PROFAMILIA), en Lima, y el Centro Nor-Peruano de Capacitación y Promoción Familiar (CENPROF), en Trujillo.5 Una de las primeras lecciones que se aprendieron fue que era más difícil contratar a los hombres como trabajadores de distribución comunitaria que a las mujeres, posiblemente porque muchos de ellos ya estaban trabajando cuando eran abordados.

Además, las supervisoras de distribución comunitaria no estaban muy dispuestas a hacer participar a los hombres en lo que ellas consideraban «trabajo de mujeres». Entre otros comentarios que hicieron figuran los siguientes: «Los hombres sólo quieren vender anticonceptivos. No quieren mantener registros ni dar charlas». «Los hombres tienen menos tiempo libre para hacer el trabajo.» «A muchos de ellos les da demasiada vergüenza.»

Al analizar las cifras de la distribución de anticonceptivos entre las trabajadoras y los trabajadores de distribución comunitaria, los investigadores observaron que los hombres y las mujeres atendían a aproximadamente el mismo número de nuevos clientes cada mes. Los investigadores concluyeron que, a pesar de las dificultades de contratación, los hombres pueden ser trabajadores de distribución comunitaria eficaces, los programas de distribución comunitaria pueden influir en la combinación de métodos al contratar a más hombres y los programas deben contratar y capacitar a más hombres.

El sexo de los proveedores influye de otras formas. Un análisis de los datos recopilados por el Centro Internacional para la Investigación de Enfermedades Diarreicas, en Bangladesh, observó que las mujeres que habían tenido contacto reciente (hacía menos de 90 días) con un trabajador comunitario tenían más probabilidades de usar la anticoncepción, independientemente del sexo del trabajador. Sin embargo, las mujeres que hablaron con trabajadoras tenían 2,8 veces más probabilidades de usar un método, mientras que las que habían tenido contacto con un trabajador tenían sólo 1,4 veces más probabilidades de usar un método. Las funciones de género, que no facilitan a las mujeres hablar de cuestiones de sexualidad con los hombres, pueden ser la razón de esa diferencia.6

Cómo llegar a los hombres

Los programas comunitarios ofrecen una oportunidad para llegar a los hombres, quienes generalmente han sido excluidos de los programas de planificación familiar. Al proporcionar servicios en el hogar, los programas de distribución comunitaria pueden ayudar a los hombres a mantener su privacidad y la de su esposa, y los hombres pueden evitar la vergüenza de asistir a consultorios que han sido diseñados para atender a las mujeres. Además, las visitas domiciliarias pueden hacer aumentar el acceso a otros servicios, como los exámenes de detección o el tratamiento de enfermedades de transmisión sexual.

En Kenia, el uso de anticonceptivos aumentó cuando se incluyó a los hombres en los programas de distribución comunitaria --como trabajadores y como clientes. En el distrito costero de Kilifi, la Asociación de Planificación Familiar de Kenia y el Population Council establecieron tres equipos de trabajadores comunitarios: uno de 10 mujeres, otro de 10 hombres y otro de cinco hombres y cinco mujeres. Se pidió a los trabajadores que trabajaran en lugares donde los hombres se reúnen habitualmente -- reuniones comunitarias, eventos deportivos, lugares de trabajo y bares- y que incluyeran a los hombres en las charlas durante las visitas domiciliarias.

La comunicación entre los cónyuges aumentó entre los clientes de los tres equipos, y el porcentaje de hombres que notificaron haber hablado de la planificación familiar con la esposa casi se duplicó durante el estudio, que duró 18 meses. El mayor aumento ocurrió entre los clientes atendidos por el equipo integrado por trabajadores y trabajadoras.7

El doctor Askew, de la oficina del Population Council en Nairobi, dice: «Los datos estadísticos de los servicios revelaron que los agentes de sexo masculino tienden a proporcionar más condones, mientras que las agentes tienden a proporcionar más píldoras, lo cual indica que el sexo del agente es un factor importante que determina a quién pueden atender mejor. Sin embargo, no observamos que un sexo fuese más productivo que el otro. Parece que atienden a grupos diferentes».

Condición de la mujer

Algunos programas comunitarios de anticoncepción se ofrecen como parte de una labor más amplia para mejorar la condición de la mujer. El propósito principal de la Organización Maendaleo Ya Wanawake, una de las organizaciones más grandes de mujeres en Kenia, es ayudar a las mujeres a ganar ingresos. Además de ayudar a las mujeres a mejorar su capacidad de producción de ingresos, sus 1.200 trabajadores comunitarios también prestan servicios de planificación familiar. «Nos dimos cuenta de que las mujeres necesitaban realizar actividades generadoras de ingresos para mantenerse, pero seguían teniendo hijos, a veces cada año», dice Dorcas Amolo, director de proyectos para servicios de salud reproductiva, al explicar cómo se relacionan las dos cosas.

Otros programas procuran que las mujeres puedan controlar su fertilidad al tiempo que se observan las normas de género existentes. En Etiopía, la Asociación de Auxilio y Desarrollo Gargaar inició un programa de distribución comunitaria en una zona donde a las mujeres les daba mucha vergüenza acudir a los consultorios. Los trabajadores de salud acudían a los hogares con el pretexto de hacer visitas como buenos vecinos. En Bangladesh, la distribución comunitaria se inició para obedecer la costumbre de purdah, que consiste en el aislamiento en el hogar o el complejo familiar. Aunque esta labor da a las mujeres más control sobre su vida reproductiva, también puede desanimarlas a salir de sus hogares. Las visitas a los consultorios podrían aumentar el movimiento de las mujeres fuera de sus hogares y la confianza en sí mismas.

Los programas comunitarios pueden influir en la condición de las trabajadoras, como también en la de las clientas. En India, las voluntarias que trabajan en la ciudad de Hyderabad están a cargo de prestar servicios de planificación familiar a 20 hogares de sus comunidades. Las voluntarias reciben una capacitación amplia y ayudan a identificar problemas en la comunidad, además de prestar servicios de planificación familiar. Muchas de las casi 5.000 voluntarias son ahora líderes comunitarias respetadas.8

En un estudio de trabajadoras de campo realizado por el Proyecto Matlab de Planificación Familiar y Salud Maternoinfantil en Bangladesh, las empleadas dijeron que su trabajo en la planificación familiar las había ayudado a tener más confianza en sí mismas y les había permitido ganarse el respeto de la comunidad. Las trabajadoras aldeanas son consideradas como fuentes de información en materia de planificación familiar, y también aconsejan acerca de arreglos matrimoniales, educación de los hijos, gastos domésticos, conflictos conyugales y conflictos entre las mujeres y las suegras. Las trabajadoras han convencido a los padres a que dejen a sus hijas asistir a la escuela, han intervenido cuando los hombres golpean a sus esposas y han remitido a las familias a centros de salud cuando éstas necesitaban tratamiento.9

--Barbara Barnett

Referencias

  1. Schuler SR, Hashemi SM, Jenkins AH. Bangladesh's family planning success story: a gender perspective. Int Fam Plann Perspect 1995;21(4):132-37,166; Schuler SR, Hashemi SM, Cullum A, et al. The advent of family planning as a social norm in Bangladesh: women's experiences. Repro Health Matters 1996;7:66-78.
  2. Katz KR, West CG, Doumbia F, et al. Increasing access to family planning services in rural Mali through community-based distribution. Int Fam Plann Perspect 1998;24(3):104-10.
  3. Chege JN, Askew I. An Assessment of Community-based Family Planning Programmes in Kenya. Nairobi: The Population Council, 1997.
  4. Bertrand JT, McBride ME, Mangani N, et al. Community-based distribution of contraceptives in Zaire. Int Fam Plann Perspect 1993;19(3):84-91.
  5. Foreit JR, Garate MR, Brazzoduro A, et al. A comparison of the performance of male and female CBD distributors in Perú. Stud Fam Plann 1992;23(1):58-62.
  6. Phillips JF, Hossain MB, Simon R, et al. Worker-client exchanges and contraceptive use in rural Bangladesh. Stud Fam Plann 1993;24(6):329-42.
  7. Miller RA, Country Watch: Kenya. Sexual Health Exchange 1998:3;5-6.
  8. Robboy R. Healthier in Hyderabad: innovative partnership improving family health services in urban slums. Working With Us/India. (Washington: World Bank, nd) Http://www.worldbank.org.
  9. Simmons R, Mita R, Koenig M. Employment in family planning and women's status in Bangladesh. Stud Fam Plann 1992;23(2):97-109; Mita R, Simmons R. Diffusion of the culture of contraception: program effects on young women in rural Bangladesh. Stud Fam Plann 1995;26(1):1-13.